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Bola de Nieve, un soberano espectáculo

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En Cuba, los grandes cantantes tienen su reinado. Ignacio Villa, Bola de Nieve, es el chansonier cubano, un fenómeno que se da muy pocas veces en un siglo.

Bola bebió de la savia de los cantos negros, pregones y narraciones de esclavos. Todo lo envolvió y lo magnificó, con gracia, naturalidad, magnetismo y mucho ingenio. Convirtió lo que pudiera ser una parodia en un arte muy elaborado, elevado a la excelencia. Era un soberano espectáculo: vestido como un lord inglés, con toda gracia, se atrevía a bailar rumbitas y hasta un cancán. Fue un torrente de sensaciones, desde lo erótico, lo ingenioso, lo entusiasta y lo trágico. Era polifacético al abarcar desde un lied sentimental hasta composiciones de pura raíz afrocubana.

Lo comprobamos en temas afro como Vito Manué, de Emilio Grenet; Mamá Inés, Negro bembón y Mamá perfecta, de Eliseo Grenet.

«No soy exactamente un cantante —expresaba el Bola en una entrevista que le realizaran para Revolución y Cultura, en 1981—, sino alguien que dice las canciones, que les otorga un sentido especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación. Si tuviera voz hubiera cantado en serio, cantaría ópera, pero tengo voz de manguero, tengo voz de vendedor de duraznos, de ciruelas, entonces me resigné con vender ciruelas sentado al piano. Cuando interpreto una canción ajena no la siento así. La hago mía. Yo soy la canción que canto; sea cual fuere su compositor. Por eso, cuando no siento profundamente una canción, prefiero no cantarla. Si yo canto una canción porque está de moda, pero no la siento, entonces no la puedo transmitir, no le puedo dar nada a quien me escucha. Yo entiendo por arte dar las cosas como uno las siente, poniendo al servicio del autor la propia sensibilidad, y establecer esa corriente que hace que el público ría o llore, o guarde silencio».

Inicios

Ignacio Jacinto Villa Fernández nació en Guanabacoa en la madrugada del 11 de septiembre de 1911. Sus padres, Domingo Villa, cocinero, y su mamá, Inés Fernández. Eran 13 hermanos y pocos de ellos sobrevivieron,  pues después de la posguerra (Primera Guerra Mundial) las condiciones resultaron muy desfavorables.

Sus primeros años en la escuela fueron tormentosos, ya que sus compañeros, para molestarlo, le lanzaban ofensas y burlas. Lo llamaban por los motes de «Bola de fango» y «Bola de trapo», y otros improperios por el estilo.

Muy pequeño fue llevado al Conservatorio de José Mateu,  donde se inició en la música con una bandurria y un destartalado pianito. Y este último instrumento lo sedujo. Allí no logró finalizar sus estudios, pero se preparó personalmente. Su mejor escuela musical fue la de su propia madre, una cuentera, animadora de fiestas y saraos, bailadora de rumbas, cantadora de romanzas y zarzuelas.

Toda la familia vivía entre congos, carabalíes, cabildos y comparsas de carnavales. La madre organizaba tertulias hasta la madrugada, fiestas aldeanas; en ese mundo de santería y folclor, de plantes de babalaos, de bembés y toques de congas creció el niño Ignacio.

Con solo 16 años, cuando el son despega en La Habana, matriculó en la Escuela Normal para Maestros, en el barrio de San Isidro. En 1930 cerraron el centro docente y se frustran sus posibilidades de ser Doctor en Pedagogía, Filosofía y Letras. Pero uno de los profesores le había indicado con certeza: «Usted ha equivocado el camino. Usted es un artista».

Para sobrevivir, en cines de barrio acompaña los filmes mudos que se proyectaban. Lo hace en el Fausto y el Carral. También toca por cinco pesos con la orquesta de Gilberto S. Valdés, en La Verbena de Marianao.

En 1929 se atreve a presentarse en el Teatro Nacional imitando a un actor argentino y sufre su primer fracaso. El jovencito era audaz, perseverante, como dijo Nicolás Guillén: «Hay que tené boluntá, que la salasión no é, pa toa la vida».

Salto a la fama

El destino lo perseguía, y en 1932 llega la suerte, pues lo contrata la diva Rita Montaner para presentarse en el Rood del Hotel Sevilla.

El gran salto lo alcanza en 1933 en su primer viaje hacia México, acompañando a Rita Montaner. Fue realmente Rita quien hizo popular el apodo, al mandarlo a poner en público en el teatro en México: Rita Montaner y Bola de Nieve; ese fue el bautismo internacional.

El desafío más grande del Bola fue en ese viaje a México, en  que en una ocasión Rita se puso afónica y con dureza le dijo a su pianista: «Bueno, tú no dices que eres artista, pues sal y canta entonces».

De aquella experiencia contó el gran Bola en cierta ocasión: «Me pusieron una camisa de guarachero y me lanzaron con un micrófono. Salí nervioso, les dije a los músicos que no sabía lo que iba a hacer. A la gente eso le dio mucha gracia y se puso de pie a aplaudir sin yo hacer nada. Aturdido canté Vito Manué tu no sabe inglé y fue apoteósico; ese fue mi bautismo de fuego internacionalmente».

Después vendrían éxitos en el restaurante Cardini, en la calle Morelos. «México es para mí lo más grande… Yo no sé vivir sin México, sin el tequila, sin los chiles, sin las tortillas».

En 1941 se presenta en el cabaret Tropicana junto a Rita Montaner y Chano Pozo, en la producción Congo Pantera. Más adelante es aplaudido en el cabaret Montmartre. En 1947 actúa en Sao Paulo y Río de Janeiro. En esa larga gira es muy aplaudido en el teatro Colón, de Buenos Aires. En 1948 conquista España junto al gran Ernesto Lecuona, lo elogian Jacinto Benavente (Premio Nobel de Literatura), Andrés y Rosita Segovia. En la Ciudad Luz: París, se presenta en la famosa Boite Chez Florence, donde lo comparan con el chansonier Maurice Chevalier; después de presentar su versión de La vida en rosa, de la que Edith Piaf cataloga la mejor interpretación.

Continuó en giras por Nueva York, se presenta en el Carnegie Hall, donde debió salir nueve veces a escena. El periódico The New York Times lo califica de «verdadera revelación». Es considerado un disseus, al nivel de Nat King Cole y Maurice Chevalier.

De Bola dijo el Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda: «Se casó con la música y vive con ella en esa intimidad de pianos y cascabeles, tirándose por la cabeza los teclados del cielo. Salud a su corazón sonoro».

 

El bola que recuerdo

La última vez que vi a Ignacio Villa fue en la presentación que ofrecía en la velada por la espera del 26 de julio de 1971, hace medio siglo. Ya cayendo la noche Bola estaba solo en el escenario e indagué por su repertorio. Hablamos de muchas cosas aquella vez, en el teatro Amadeo Roldán, de El Vedado.

Bola de Nieve falleció el 2 de octubre de 1971 en México. Su duelo fue despedido por Nicolás Guillén, quien dijo: «Veamos pues a Bola como siempre. Bola con su piano, Bola con su frac. Bola con su sonrisa y su canción».

(Tomado de Juventud Rebelde)

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