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Hubert Correa Almeida: el conocimiento nos permite comprender mejor el mundo

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Hubert Correa Almeida habla con un deje peculiar, afrancesado por momentos. Ese rasgo suyo responde seguramente a las lecciones de lingüística recibidas durante sus años de estudios universitarios, y se agudizó al desempeñarse como guía de turismo durante gran parte de su vida.

Pronuncia cada palabra con una limpieza y dicción que nos hace entender que estamos en presencia de un individuo que domina y respeta el idioma, a la vez que se desenvuelve con soltura en otras lenguas, como el inglés y el francés.

Quizás, al primer contacto con él, se confunda su exquisitez al hablar con cierta pedantería, pero nada más lejos de la realidad. Hubert Correa se caracteriza por la sencillez, aunque bien pudiera presumir de varias aptitudes, que viajan en él y no logran pasar desapercibidas. Afloran al mínimo contacto. La primera, el amor por el magisterio.

Cuando sobrevino la pandemia y el sector turístico se deprimió severamente, este jovellanense decidió incorporarse a la Sede Universitaria Luis Crespo, que radica en su municipio natal. Nunca sabremos si en ese momento alguien pensó que la decisión nacía de la urgencia de procurar el alimento, porque en el imaginario popular un guía de turismo adquiere determinado estatus económico, que no se equipara con el salario de un maestro.

Lo que sí nadie puede poner en tela de juicio es la vocación pedagógica de este hombre que sobrepasa los 60 años, pero logra desplazarse con gran resolución y energía de Jovellanos a la cabecera provincial, sin rechistar apenas por los serios problemas de transporte. Su lozanía responde además a ese deseo de mantenerse en forma, para lo cual corre varios kilómetros cada jornada, desde que era un adolescente. Además de ejercitar el físico, estimula la mente, según asegura.

De su etapa en el sector turístico, más que bienes acumulados, destaca la oportunidad de recorrer la Isla de una punta a la otra y de mostrarla a los turistas.  De esa manera fue adquiriendo información sobre las ciudades y lugares históricos. Sus charlas en el ómnibus se convertían en una especie de conferencia. Fue tal su maestría, que lo convocaron a impartir clases en la Escuela de Hotelería y Turismo.

El “bichito” del magisterio hizo presa en él, liberando pensamientos superfluos. De nada vale una comodidad material si no logras amar cuanto haces. Y el guía, devenido en “profe” frente a un aula, ha logrado estimular en sus alumnos la necesidad de ensanchar el saber.

“El estudio nos permite conocer de manera más justa y razonable la esencia de los sucesos y personalidades, nuestras raíces, dónde están los elementos fundamentales de nuestra cultura”.

Esa ha sido su manera de entender el mundo y de enrumbar su vida. En los libros y el estudio constante halla el mayor gozo. Luego lo trasmitirá a sus alumnos en una amena charla e intentará despertar sus conciencias, para que, como él, entiendan la necesidad de adquirir el saber que les permita comprender las causas de las cosas, y sobre todo despertar la admiración por el espacio que habitan.

De ahí que se haya dado a la tarea de revitalizar el amor por lo local, por ese terruño a veces vilipendiado por el tiempo y la dejadez. Le duele caminar por las calles de su ciudad y ver el estado deplorable de algunos edificios emblemáticos.

“Jovellanos no goza del mejor momento, hay que buscar el mecanismo para ayudar a los pobladores a entender la protección del patrimonio y sentirse parte de él. No solo se trata de proteger los inmuebles sino de incentivar el respeto por el entorno”.

Menciona con optimismo varios proyectos que intentan restañar el daño, y rememora la historia de como Soledad de Bemba pasó a llamarse Jovellanos.  Enumera los ingenios principales que tributaron al desarrollo de un incipiente caserío de apenas 70 casas a mediados del siglo XIX.

Pocas cosas le entusiasman tanto al recorrer las ruinas de ingenios como Alcancía. Los asume como la génesis del pueblo que ama y vive. La industria azucarera fue la primera actividad económica con carácter social que marcó el inicio de todo. “Es la esencia misma de Jovellanos”.

Desde que su existencia está signada por la enseñanza, vela porque cada instante cuente. Posee, según sus palabras, un sentido muy práctico del empleo del tiempo en aras de alcanzar la mayor utilidad de cada minuto. Organiza sesiones de autopreparación, planifica las clases, le dedica mucho tiempo a leer.

Junto a su mochila con libros y notas, siempre lleva consigo sus paradigmas como profesores: la doctora María Dlores Ortiz y Alberto Enrique Perret. De la primera recibió clases y le despertó ese amor por el estudio; con el segundo descubrió la importancia de la industria azucarera en la conformación de nuestra propia identidad como nación.

Aunque quizá lo desconozca, ya se va convirtiendo en un paradigma para sus alumnos. Estos disfrutan viajar con él hasta el siglo XVIII, para conocer sobre el Despotismo Ilustrado, y cómo ese período histórico repercutió favorablemente en la nación, transformando incluso un área cualquiera de Jovellanos, que también se articula, siempre desde el conocimiento, con la historia universal. 


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