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Esperar por Virgilio

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Sentado en este lúgubre café —porque todo puede cambiar menos la maldita circunstancia del agua por todas partes; en las costas, agua, en la shopping, agua— espero por Virgilio. 

Hablamos ayer. Yo no lo veía —pero sí lo veía— al otro lado de la línea. Movía el cigarro entre sus dedos y el humo hacía arabescos en el aire y le empañaba los espejuelos de pasta negra. Él me dijo que sí, que la vida son pequeñas maniobras, actos de escapistas amateurs, y que sí, que nos veríamos en un lúgubre café y me haría la gran historia del hombre que se convirtió en Isla y de la papaya envenenada.

No sé si me dio tiempo comentártelo, conversar contigo es un caos, sarcasmos y costumbrismos hilvanados, pero soy tu coterráneo. Tal vez no te importe, dice la gente por ahí que nunca te importó mucho Matanzas, pero desde cuándo te ha importado a ti lo que diga la gente. Quiero preguntarte eso. No se me puede olvidar. Agarro una servilleta y lo anoto.

Allá en Cárdenas, en tu vieja casa, incluso pusieron una tarja en tu honor. Pero mejor no hablo mucho de eso, que me vas a decir que sí creo que eres un fantasma y te reirás, solo te reirás y comentarás irónico que ya fuiste fantasma por allá por los 70 y por los 80, y eso nunca ha ido contigo. Los fantasmas y el barullo no se llevan bien. 

Llega tarde o quizás es que yo llegué temprano. El mesero me pregunta si quiero algo. Le digo que dos expresos. Es un café lúgubre y todos los cafés lúgubres son húmedos y pequeños y herméticos. Es una pecera. Espero en una pecera —el agua y la circunstancia— por Virgilio. 

Nosotros nos conformamos con un poco de aire fresco. Los calores en esta Isla dilatan todo. La realidad pierde sus contornos. Por eso la importancia del frío. Por eso Witold Gombrowic, el polaco, describió que en tu obra construyes un mundo en que privas lo absurdo, la lógica insensata, haciendo sentir a tus lectores un escalofrío metafísico.  

He sido tu lector y comprendo al polaco. Entendí tu obsesión por la carne, la de René, o la de cualquiera. La carne santa es la contrapartida del espíritu santo. El caimán es un ser libidinoso y nos perdemos en los entresijos del cuerpo y nos olvidamos de lo intangible. Cuando aparezcas, en el medio de una nube de humo, te lo preguntaré. Lo anotaré en la servilleta por si las moscas y sí, aquí hay moscas, en qué café lúgubre no las hay. 

En el poema La Isla en peso —creo que te divertiría que ahora pudieras haberlo titulado de varias maneras diferentes, tienes tasas de cambio y monedas que elegir—, escribiste que el problema del cubano es que no puede sufrir la sífilis con la elegancia de un cisne. El silencio, la contención no es lo nuestro como nunca fue lo tuyo. No somos cisnes, Virgilio. ¿Verdad? También anotaré eso. Las preguntas se acumulan. 

Tengo que confesarte que estoy aquí, en la pecera, por un cuento tuyo. Todos los escritores del mundo se reúnen para hablar con el Gran Loro. Sé que es una redundancia contártelo a ti, pero la vida es así, llena de redundancias, y la literatura es la representación subjetiva de la vida. Entonces el Gran Loro dice “todos ustedes son unos grafómanos”. El más preocupado de los presentes pregunta si eso era malo y le responden que no, pero que todos lo son. 

Sé que no tengo que decirte que grafómano es aquel que posee la necesidad patológica de expresarse a través de las letras. Y tú, que creaste obras de teatro, poemas, cuentos, novelas, eres el Gran Grafómano, pero también el Gran Loro. 

“¿Espera a alguien, señor?”, pregunta el camarero en lo que coloca los dos cafés en la mesa. “Espero por Virgilio”. Él se encoge de hombros. ¿Por qué Virgilio, por qué uno se hace adicto a la palabra, aunque te den palos? Otra pregunta más para la servilleta. 

Reviso la hora, pero no tiene sentido porque aún no sé si llego temprano y tú tarde, pero esperaré, esperaré por ti. 

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