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Para ellos… respeto, agradecimiento, reverencia y amor

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Para ellos… respeto, agradecimiento, reverencia y amor

Para ellos, los tiznados que a veces ante el fuego tremendo se pasan las manos por los ojos, porque el poder de la naturaleza a veces te hace sentir diminuto, y les queda en el rostro negro marcados los surcos de los dedos y parece llanto y parece pena, toda la gloria de las mujeres y hombres de una ciudad de poetas y puentes.   

Para los que a la hora de descansar se tiran en cualquier pedazo de muro o césped, porque hay que dormir, porque si no el cuerpo se apaga, para ellos: el calor bueno, el del hogar, el de la familia, el de los amigos que durante todo el tiempo de la zozobra les llenaron el WhatsApp de “cuídate, hermano, que este país estaría mucho más solo, mucho más triste sin ti”. 

Para los muchachos buenos y los señores valientes que no están, pero están, porque están aquí, en el pecho, bien adentro, porque están aquí en la memoria, el silencio que no significa «la nada», sino respeto, y el agradecimiento y la reverencia y el amor. 

Para los que en su cuerpo llevarán las marcas del fuego, como recordatorios, como historias que cuando todo esto pase contarán quizás con menos miedo en la palabra, para los vendados, para los convalecientes, para los magullados por las ondas expansivas, alivio. 

Para los camioneros, para los piperos que proveyeron el agua, de la cual aprendimos en estos días que no apaga todas las llamas, para los rescatistas, los de la cruz roja en el hombro, o los de la cruz azul del SIUM, que estaban ahí para sanar lo que se pudiera sanar, aunque sabemos que todo no puede sanar, por lo menos no del todo, para los que repartían pomos de agua o buches de café y los almuerzos fugaces, las gracias y el bienestar de saberse imprescindibles. 

Para los periodistas que no podían permitir que el silencio, que aquí sí significa la nada, y el desconocimiento se expandieran como las llamas, porque había gente y gente y gente con los ojos rojos frente a la pantalla de su celular y de los televisores, una Isla con ojeras, una Isla insomne, la utilidad de la virtud, esa de la que tanto habló Martí. 

Para los fotógrafos que capturaron la furia de los elementos, las llamas que querían apoderarse de las noches, y nos recordaron que las formas más puras de la valentía y del cansancio caben en un rostro, la bienaventuranza del cronista, el poder del testimonio.   

Para los ciudadanos que desde sus balcones, desde las playas de la ciudad, desde los puentes, desde las azoteas con sus teléfonos, en posts, en directas, compartieron minuto a minuto de una ciudad dolida, la certeza de que el dolor compartido toca a menos entra cada uno. Para todos los cubanos que gritaron, a viva voz, ¡Fuerza Matanzas!, para todos los que aunque sea escribieron “¿Hermano, cómo estás? ¿Cómo está eso allá?” al amigo que vivía a la orilla de la bahía gris, las gracias de una ciudad que sobrevivió y sobrevivirá.

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