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Lo único que tienen en común poesía y política, solía decir Joseph Brodsky, son sus letras iniciales. Me pregunto qué tendrán en común poesía y economía cuando tomo en mis manos el poemario Economía Nacional, de Gaudencio Rodríguez Santana. Si seguimos la estela del poeta ruso aparentemente nada; pero qué podrá esperarse de un libro con nombre tan sui generis que lleva por  título Economía Nacional. Y aclaro,  digo sui generis pensando a la economía que se refiere, en este caso la nuestra, la cubana.

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Estudiantes que posean de 15 hasta 20 años de edad podrán participar en el I Encuentro de Jóvenes Lectores, el cual se desarrollará en la ciudad de Matanzas el día 3 de abril en la Casa de la Memoria Escénica, como iniciativa para potenciar el disfrute de la literatura.

La cita prevista a las 9:00 de la mañana, la gestan la Casa de la Memoria y el Centro Provincial del Libro y la Literatura (CPLL) en Matanzas, para responder a necesidades manifestadas por padres deseosos de ampliar y desarrollar espacios sanos y útiles para sus hijos.

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“Me pasaba todo el tiempo, a los cinco años era lo que más me gustaba hacer. Después me di cuenta de que, siempre que lo hacía, estaba al lado de una radio. Con esa edad fui por primera vez a Media Luna, en Granma, con mi mamá y mi abuela, a la casa de nuestra familia; y rápido me puse a dibujar, pero sentía que me faltaba algo. Me dejaron poner un tocadiscos; lo primero que escuché fue La Original de Manzanillo, y me encantó.

“Disfrutaba mucho la música, sobre todo el rock and roll. Recuerdo que con 12 años cogía una escoba y simulaba que era una guitarra eléctrica”.

 El profe de guitarra Yassell González tiene una gran historia. Desde que lo conozco me he sentido conectada con él de alguna manera, estuve cerca de dos años recibiendo sus clases, de ahí surgió una enorme amistad. En cuanto estaba a las puertas del Colegio Universitario de Periodismo, me dije: “algún día tengo que hacerle una entrevista a mi profe”. 

La música se lleva en la sangre, es lo que le da sabor a la vida. Nuestra ciudad de Cárdenas, aliada a Varadero, es reconocida por ser la cuna de muchas pequeñas agrupaciones de rock and roll y sus diversos géneros. Los jóvenes de las décadas de 1990 y 2000 se vieron influenciados por este movimiento.

El joven Yassell tuvo un referente muy importante para él, un artista que integraba y dirigía una de esas bandas, su amigo Juan Alberto Falcón. Desde entonces, visualizó de cerca lo que era encontrarse en un escenario. Más tarde, se unió a su amigo que, a su vez, lo incluyó en su círculo social de “rockeros”, los cuales se reunían en el barrio cardenense de Brisas del Mar. 

“Donde quiera aparecía una guitarra, ahí tuve más de cerca a esas personas que me podían enseñar a tocarla. Era el deseo por encima de mis posibilidades de tener un instrumento. Luego, por azar de la vida, apareció una amiga de la escuela que tenía una guitarra rusa. Oye, aquello era un serrucho con cuerdas, una tortura; pero con esa empecé a aprender. En 1993, con unos 14 años, me regalaron una para un grupo que queríamos hacer. Fue comiquísimo, porque estábamos los cuatro que integraríamos la banda, pero ninguno sabía tocar un instrumento”.

Cuenta que dedicaba todo el tiempo que podía a escuchar música, un poco difícil antes de la llegada de internet; sin embargo, los interesados se reunían en casa del amigo que tenía una grabadora y pasaban los días reproduciendo discos. Ciertamente, no entendían mucho de las letras de las canciones, pero comentaban acerca del ritmo, los instrumentos e, incluso, aprendieron algo de inglés. Entre 1993 y 1994, fue su etapa de preuniversitario en el plan citrícola de Jagüey Grande, la llamada escuela en el campo, y se alejó un poco de este gremio rockero, aunque su esencia de guitarrista novato se mantenía. 

Al siguiente año optó por la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de Matanzas. Allí encontró un salón lleno de instrumentos musicales y estudiantes que sabían tocarlos. Al terminar sus estudios, le obsequiaron una Walkman, un reproductor de casetes que los jóvenes de esa generación consideraban un pilar esencial para sus vidas. Así pues, nuestro protagonista andaba con su “aparatico” para todos lados, escuchando y grabando música por aquí y por allá, siempre rock and roll. En 1997, entró en el Servicio Militar, hasta 1999. 

“Me faltaban ocho meses para terminar el Servicio y llega un amigo de la secundaria y me dice que sabía de una banda que estaba buscando guitarrista; no sabía mucho, pero acepté. Me fugaba e iba a los ensayos. Nada más que vi lo bien que tocaba el baterista, le pregunté cómo lo había logrado y me dijo que estudiando cinco horas al día. A partir de ahí se puso serio mi estudio en la guitarra. Yo tenía la creencia de que para ser buen músico había que pasar por una escuela de música desde niño, pero no es así. Ya yo estaba con Eli, mi esposa; ella tenía una guitarra y con esa estudiaba. 

“A veces íbamos a ensayar a Varadero, con una banda que se llamaba Puertas Negras. Ellos nos hacían el favor de prestarnos el local y sus equipos. Realmente, nosotros solo nos sabíamos tres temas, no teníamos tanto nivel, más bien estábamos aprendiendo. No obstante, aquí sucedió algo importante. Tenían otro guitarrista, y el bajista se había complicado en su trabajo e iba a dejar el bajo eléctrico; me preguntaron si lo quería y acepté. Comencé a aprender otro instrumento.

“En medio de esa libertad repentina, luego de dos años vestido de verde, ya tenía definido lo que quería ser, fíjate bien: yo quería ser músico y que todo el mundo hablara de lo bien que tocaba. Ahí empezó ese carretón de horas que estudiaba; tengo testigos, porque si no, no te lo dijera, 16 horas, de 18 que uno está despierto. 

“Tuve muy buenos profesores en esa época, es decir, gente que se ofrecía a darme clases; entre ellos, a dos de los mejores bajistas que tuvo Cuba: Gregorio Hernández (El Goyo) y Luis Gustavo Martell. Estuve dos años estudiando bajo, hasta que cumplí 22. Tenía los dedos agrietados y las manos me dolían después de cada día de estudio, que eran casi todos. Lo más importante es la disciplina que aquello me dejó. También di clases de armonía musical, con el gran Carlos Tarafa. Intenté aprender todo lo que podía, y por fortuna mucha gente se brindó”.

Nuestro joven protagonista tuvo la oportunidad de tocar con músicos como Joaquín Besada, uno de los mejores guitarristas de jazz en Cuba. Formaron un dúo de guitarra y bajo con un sonido espectacular; tanto así, que el propio Besada quería tocar con él en Varadero, el fin del año 2001. Iniciamos los ensayos con ese objetivo y, en el instante de presentar el proyecto de más de cien temas a un animador para que lo aprobara, se les cayó el castillo. La audición terminó con aplausos y felicitaciones, pero le pidieron los papeles de bajista, de músico apto para tocar en otros establecimientos, y Yassell no tenía. No tenía ni idea de la existencia de esos papeles, que se conseguían a través de una escuela; y, al ser músico autodidacta, carecía de ellos. Con la misma velocidad con que se deslizó de la nube, volvió a ascender, cuando Joaquín Besada, por medio de sus contactos, le consiguió una plaza para estudiar en la escuela de superación profesional para artistas Félix Varela, en La Habana. Este regalo era para aprender guitarra clásica y no bajo eléctrico. Yassell saltaba de alegría, sería un músico auténtico, de regreso a la guitarra. 

“Allí se graduó en guitarra clásica Pancho Amat. Había cursos para todas las manifestaciones artísticas, y tremendos profesores. Cambié el casete rapidísimo, porque siempre me gustó más la guitarra que el bajo. Para entrar a aquella escuela te hacían pruebas de aptitud, y yo tenía poco más de cuatro meses para prepararme, porque fueron en mayo del 2002. La disciplina y la adaptación a tantas horas de estudio que me dio el bajo me sirvieron de mucho.

“Los meses de preparación para el examen fueron muy fuertes. Por suerte tuve a María Victoria Oliver, guitarrista clásica, quien cuenta con una maestría en la música de Leo Brouwer y es doctora en Música. Me dio los mejores consejos musicales y me atendía a la hora que fuera. Mantenemos una gran unión. 

“Monté un programa de siete estudios y siete piezas. Se presentaron más de 60 guitarristas y solo había 20 plazas. Cuando llegó mi turno, empecé a tocar una de mis piezas y me mandaron a parar. Tenía tremendo miedo, imagínate, estaba más que nervioso. El día que iban a dar los resultados, el primero que estaba en la escuela era yo. Había cuatro listas, y comencé a buscar mi nombre en la segunda, de arriba abajo, y nada, tampoco en la tercera ni en la cuarta. Llega un amigo mío y me pregunta si me habían captado, y mi cara de amargura se lo dijo todo, se estremeció porque él vio todo el tiempo que estudié y lo mucho que me había preparado. Empezó a buscar en los listados y me dice:  compadre eres el primero, lo que no buscaste bien. 

“Mi profesora Barima Gort Rodríguez me decía que yo era muy talentoso pero a la vez muy mentiroso, no se creía que llevaba tan poco tiempo tocando guitarra clásica. En una ocasión me dijo que yo fui el único alumno al que ella le recordaba que estudiara menos, que le diera suave porque los tendones se quiebran, que su preocupación conmigo era esa. 

“Había semestres que solo tenía que ir dos veces a la semana. Aquí en Cárdenas yo trabajaba en una fábrica de hielo y el dinerito que ganaba lo compartía para los viajes a La Habana y para la casa. Pasé los seis años de guitarra clásica en cuatro, porque yo hice muchas pruebas de suficiencia de Solfeo y Apreciación Musical, que ciertamente yo no sabía el contenido que tenía de aquello hasta que me presenté a los exámenes, y resultó que los logré convalidar. 

“A seis meses de graduarme tuve que parar todo porque se me cayó la casa, así como lo oyes, y pasé de tocar guitarra todos los días a poner mezcla en las paredes, fue un año completo de reconstrucción. Afortunadamente, hice una suplencia en un grupo que tocaba en los hoteles en Varadero y pasé un cursito de dibujo. Luego me reincorporé a la escuela, hice mis últimas pruebas y me gradué en el 2008. En esa época hice mis arreglitos de artesanías hasta que me llegó la oportunidad de trabajar con algunos grupitos de jazz y música internacional en Varadero. 

“Luego, por el 2013, estuve poco más de un año arreglando computadoras y repartiendo el paquete semanal. Toqué con un trío de violines y hasta música cubana aprendí, muchacha yo hacía coros y todo. Hice suplencia en grupos como Clave y Armonía. En total, trabajé 12 años en Varadero en varias agrupaciones de manera interrumpida. Realmente, hice de todo, pero sin abandonar la música”.

Yassell, ya con tres hijos y una vida musical realizada, justo como deseaba, empieza a dar clases de guitarra clásica en el 2018. 

“Comencé por necesidad, no quería seguir trabajando en Varadero y disfruto estar en mi casa. Además, impartir mis conocimientos me gusta y se me da bien. Nunca he puesto ningún cartel ni me he promocionado por las redes sociales, solo mis conocidos supieron de aquello y los interesados llegaban a mi puerta. Aprendí a enseñar en la propia escuela de superación, había una clase donde nos enseñaban metodología y de mis profesores también capté cosas. 

“Me leí muchos textos, precisamente para eso. Recuerdo que en ese momento consulté un libro de Arturo Sandoval, y en un fragmento decía que no se le debe decir que no a un alumno, hay que hacerle entender que está lejos del punto óptimo, pero que no está mal. Tengo un modelo peculiar de dar clases, a raíz de mi estudio de medicina china y bioneuroemoción, enseño crecimiento personal a través de la guitarra. He hecho muchas amistades que antes fueron mis alumnos, terminamos siendo grandes amigos.

“Voy a llenar a Cárdenas de guitarristas”.          

(Por: Amanda Reyes, estudiante de Periodismo)

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Entrevistar al profe Sergio era una deuda pendiente con él, con el tiempo que invirtió en preparar a generaciones de periodistas, entre los que me incluyo, y con sus 45 años dedicados a la radio, medio en el que todavía le queda mucha guerra por dar. 

Él evita los premios, los diplomas y las entrevistas. Asegura que ese tipo de distinciones presagian la muerte y que ahora mismo necesita estar más vivo que nunca. Aún así, accedió a recibirme en su casa e incluso compartir una colada de café.

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Un mundo feliz es un libro de ciencia ficción y crítica social escrito por el inglés Aldous Huxley en el año 1931 y publicado un año después. Se trata de una de las distopías más famosas del siglo XX. En ella, el autor presenta un mundo futuro deshumanizado en el que la sociedad está dividida en un sistema de castas donde los individuos están creados y alterados genéticamente.

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